Cuando una persona visita por primera vez el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia, Polonia, y se hospeda en la casa de huéspedes del Convento de las Hermanas de Nuestra Señora de la Divina Misericordia, la congregación de Santa Faustina, existen grandes posibilidades que su corazón sea tocado por la Gracia de Dios y, muy sutilmente, responda a su llamado, y más aun, colabore con ella. Es muy posible que llegue a comprender que esta gracia es en realidad la Gracia de La Divina Misericordia para la salvación de su alma y de todas las almas.

La Esencia

La Esencia de la Devoción

 

 

 

 

 

 

 

 

A veces nos encontramos ante la realidad que nunca hemos tenido alguna devoción particular; que nuestro amor por nuestra Madre del Cielo es quizás lo más cercano a tener una devoción en nuestra vida. Tampoco hemos tenido devoción a los Santos en la Iglesia – admiración, sí, un deseo de imitarles, sí, pero no lo que quizás entendemos debería de ser una devoción. Y cuando oímos hablar de la Devoción a La Divina Misericordia, no entendimos lo que significaba y pensamos: “Yo no soy un devoto de Dios, yo adoro, amo, ensalzo, alabo y le doy gracias a Dios, pero no es que sienta una devoción hacia Él”

 

Sin embargo durante los pocos días que usualmente se pasan en las visitas al Santuario, muchas veces los peregrinos terminan descubriendo la urgencia del mensaje; un mensaje para toda la humanidad que responde a todas las preguntas que tarde o temprano el hombre se hace a sí mismo” ¿Quién nos creó? ¿Por qué fuimos creados? ¿Cuál es el propósito de nuestra vida? ¿Cuál será nuestro destino después de nuestra muerte inevitable? Este mensaje también nos llena del amor a Dios y la esperanza en el cumplimiento de Sus promesas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El entender este mensaje a través de estas manifestaciones visuales, es más que suficiente para demostrar cuanto necesitamos abrazar esta gracia actual de Dios. Cuando preguntamos por primera vez sobre el significado de los rayos, la repuesta se encuentra en el Diario de Santa Faustina: “Los dos rayos significan la Sangre y el Agua” (Diario 299)

 

¿Qué nos está diciendo Jesús? Pues, en pocas palabras, nos está haciendo recordar que por Su Pasión, Muerte y Resurrección, nos ha redimido, nos ha salvado. Jesús quiere que veamos Su Corazón traspasado; ya estaba muerto cuando la lanza le atravesó el Corazón. El Señor ya había derramado Su sangre durante Su agonía en el Huerto de Getsemaní, durante la flagelación, la coronación de espinas, las tres caídas bajo el peso de la Cruz, cuando los clavos traspasaron Sus manos y pies, y finalmente, cuando Su Corazón fue traspasado. Para entonces quedaba muy poca sangre en Su cuerpo. Cuando ya no había sangre, brotó agua, el agua del Sacramento del Bautismo; el Sacramento que Él instituyó a fin de que a través de la recepción del Sacramento recibiéramos la Gracia Santificante que nos justifica, perdonando nuestros pecados y abriéndonos una vez más las puertas del Cielo.

 

Veamos ahora lo que también llama la atención la primera vez que vemos la pintura de la Imagen de La Divina Misericordia, la firma: “Jesús en Ti confío”.

 

La confianza requiere humildad y esto es muy difícil para muchos hoy día. El hombre ha llegado a un nivel tal de auto-suficiencia que le hace creer que puede hacer lo que quiera, donde y cuando quiera. El hombre no necesita de Dios; de hecho, Dios es un obstáculo, un impedimento a su libertad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por eso es que la confianza requiere Fe. Venimos a Él porque creemos en Él. Creemos que Él es el Pan de Vida, que Él es el alimento de nuestras almas, que Él perdona nuestros pecados y nos da nueva vida. Cuando el hombre tiene esta disposición, significa que el hombre puede perseverar en mantener una Vida de Gracia que le ayude a alejarse del pecado mortal y crecer en santidad hacia Dios. El hombre que confía en Jesús como nuestro Señor y Salvador, en la Misericordia de Dios Padre, viene a comprender y experimentar el Amor de Dios, a pesar que todos somos unos pobres pecadores.

 

Él ofreció Su vida para que nosotros vivamos nuestra vida eternamente en Su presencia. El acto más grande de la Misericordia de Dios ha sido la Pasión, Muerte y Resurrección de Su Hijo Único, Nuestro Señor Jesucristo. Él murió en la Cruz sin ser culpable. Él murió para que nosotros viviéramos. Nadie hubiera podido derrotar el pecado, la muerte y al Diablo, solamente Él, el Hijo de Dios a través de una dolorosa Pasión y Muerte. Quien confía en Jesús misericordioso, llora con remordimiento, tristeza y amor cuando medita, lee o vive la Pasión del Cristo.

 

Podemos entender por qué Jesús insiste en la firma al pie de Su Imagen de La Divina Misericordia: “Jesu Ufam Tobie” (Jesús en Ti confío). Sin confiar en Él, casi nada podemos lograr.

 

Las Obras de Misericordia es el otro elemento esencial de la Devoción a la Divina Misericordia. Jesús nos exige que confiemos en El y que hagamos obras de misericordia a través de nuestras acciones, de nuestras palabras y de nuestra oración.


“Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo, ni excusarte, ni justificarte”

En este mismo párrafo del Diario, Jesús añade: “Te doy tres formas de ejercer misericordia al prójimo: la primera – la acción, la segunda – la palabra, la tercera – la oración. En estas tres formas está contenida la plenitud de la misericordia y es el testimonio irrefutable del amor hacia Mi” (Diario 742)

 

 

 

 

 

 

 

 

Recordemos que seremos juzgados por el amor que tuvimos con nuestro prójimo.


“Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”. Y Él les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mt 25:34-40)

Cuando por primera vez se nos presenta la pintura de la imagen de la Divina Misericordia, a muchos les sucede que les llama extraordinariamente la atención. Nunca habían visto antes una pintura que muestra unos rayos saliendo del Corazón traspasado de Jesús. La firma debajo de la imagen, ¡Jesús en Ti confío!, también les llama mucho la atención. Hoy sabemos que la Imagen fue pintada a petición del Señor a Santa Faustina el 22 de febrero de 1931 en el convento de Plock en Polonia – “Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús en Ti confío” (Diario 47)

El hombre no necesita que Dios le diga lo que pueda hacer o no. Con esta actitud no es fácil para el hombre ir hacia el Señor. Muchas veces, en extrema necesidad, en tiempos de crisis, es cuando el hombre finalmente se da cuenta que él físicamente no puede sanarse o espiritualmente liberarse de las ataduras; entonces es cuando el hombre quizás le de oportunidad a Dios de actuar en su vida. Muchos pensamos que es muy tarde, que el hombre ha sido tan malo, que Dios le ha abandonado. Al contrario, de hecho sabemos que Dios nunca se olvida del hombre; que Dios ha estado continuamente tocando a la puerta de su corazón, y lo seguirá haciendo hasta su último suspiro. Dios será misericordioso hasta el último momento de la vida del hombre; pero Dios quiere que el hombre venga hacia Él, a Su Fuente de Misericordia, donde los pecados serán perdonados.

Las obras de acción, temporales, son: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar al enfermo, visitar al detenido en la cárcel, dar alojamiento al necesitado y enterrar a los muertos. Las obras de palabra, espirituales, son: amonestar a los pecadores, instruir al que está mal informado, aconsejar al que tiene dudas, dar confort al que sufre, ser paciente con el que está equivocado y perdonar al que nos ofende. Las obras buenas son: la oración de intercesión por el prójimo, ya se encuentre vivo o muerto, el ayunar y el dar limosnas a los pobres y necesitados.